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¿Por qué los hombres nos sentimos señalados?

¿El feminismo equivoca su estrategia? ¿Todos somos machistas? Algunas ideas sobre lo que podríamos hacer mejor.

de Juan Ignacio Pereyra – Recalculando

Un lector me decía que está harto de que los hombres seamos los culpables de todo: “Hacemos muchas cosas mal, tenemos que mejorar. Pero es insoportable que nos señalen por todo y nos den con un palo por ser hombres. Pareciera que no hay escapatoria”.

Esta percepción es una realidad de muchos hombres que se sienten atacados y, más o menos conscientemente, culpables. ¿Qué hacemos con eso? ¿Podemos abordar la situación para lograr una reacción positiva? Sentirse acorralado no es lo mejor si esperamos reflexión y cambio, ni fomenta la participación activa.

Algo no menor y muy simbólico: no existe un movimiento colectivo de varones en el mundo que se acerque a los logros del feminismo en las últimas décadas. Esto refleja una falta de iniciativa de los hombres para buscar cambios colectivamente.

Sí existen espacios con espíritu colectivo, como la newsletter Recalculando y otros proyectos que convocan a los hombres (como Men out of the Box, N. de la R.). Sin embargo, cuesta que los varones lleguemos, permanezcamos y participemos activamente. No es casualidad que en la encuesta que hice sobre Recalculando y en los correos que me envían los lectores se repita un comentario de las mujeres: “Me gustaría que la newsletter la lea mi pareja pero no me da bola”.

Estrategias que espantan

Volvamos al principio, a los varones señalados. Me pasa con amigos y también es habitual escucharlo en charlas de hombres: queja ante expresiones de mujeres, sobre todo militantes o simpatizantes feministas.

La escena vuelve una y otra vez: ante un mensaje crítico que apunta a los varones como colectivo (“los hombres matan a las mujeres”), los varones se sienten atacados individualmente.

Sobran los motivos para que los feminismos alcen la voz, señalen, se descarguen y se liberen. No hay discusión alguna sobre esto. No estoy minimizando experiencias y ni las luchas de las mujeres. Ni por asomo victimizo a los hombres. Me refiero, más bien, a la eficacia de algunos discursos y tácticas.

Más allá de la explicación teórica o académica del porqué de ciertas consignas o afirmaciones, me parece necesario revisar estas estrategias que buscan una reacción positiva de los varones pero, al final, terminan empujándolos a un paredón de fusilamiento del que únicamente les interesa escapar (¡y lo hacen fácilmente!).

Al buscar que los varones seamos proactivos en la equidad de género, a veces se reproduce lo mismo que se critica del patriarcado y el machismo. Mi teoría: esto ocurre, en parte, por la construcción implacable y vehemente —incluso, agresiva— de ciertos discursos que suenan a sentencia inapelable.

Al decir que “los hombres nunca hacen nada en casa” o “son violadores”, puede haber una provocación —con diferentes intenciones— pero la reacción indeseable es el rechazo de los varones e incluso de otras mujeres que también se incomodan cuando miran a los hombres en sus vidas (padres, hijos, hermanos, amigos, parejas).

Esto abona terreno para el lamentable #NotAllMen (no todos los hombres), una victimización mediante la diferenciación reduccionista e individualista que desvía la conversación, invalida experiencias y pone en duda la universalidad del acoso y la violencia que sufren muchas mujeres.

La defensa individual es obvia: “Pero yo no soy un violador”. El desmarque en lo puntual, como si eso nos liberara de la responsabilidad colectiva (¡que debemos asumir!) y de tener, como mínimo, comportamientos contaminados por el machismo. De repente, es como si no fuéramos actores de una construcción social más amplia y compleja.

Preguntas fundamentales ¿Por qué los varones nos sentimos acorralados por ciertas expresiones del feminismo? ¿Somos realmente los culpables? ¿Qué es lo que tanto nos molesta reconocer? Al ser educados en un sistema patriarcal, ¿podríamos ser radicalmente diferentes?

Sé que el rechazo al feminismo implica una negación, pero en los varones sensibilizados pasa algo más. Muchos hombres desean cambiar y apoyan iniciativas que el feminismo puso en agenda. Lo hacen para que haya más equidad porque lo consideran justo o por razones éticas o personales (el sufrimiento de amigas, hijas, parejas o familiares).

El asunto es que hay un momento en que esos hombres sensiblizados con los que converso manifiestan un rechazo común a lo que sienten como agresión feminista. Citando redes sociales o conversaciones, mencionan frases como “si sos varón, estás en el equipo de los violadores” o “todos los hombres son iguales”, etcétera.

Estas expresiones, aunque algunas sean marginales o inoportunas y otras sean estratégicas, suelen ser contraproducentes: espantan en lugar de atraer a aquellos interesados en cambiar para mejor.

Es como apagar la luz del restaurante justo cuando el cliente se sentó en la mesa. O como llegar a una reunión sin estar seguro de si fuiste invitado y lo primero que te encontrás es que te escupen o te gritan en la cara. ¿Cuántas ganas de quedarte ahí tendrías? ¿Cuál sería el atractivo para exponerse e ir contra la corriente? ¿Y cuál es la ganancia de perder un potencial colaborador en la causa?

Centrarse únicamente en la crítica y culpabilización generalizada de los hombres genera una reacción defensiva y de rechazo, incluso entre aquellos dispuestos a cambiar. Y se crea una barrera para la participación activa y el cambio positivo.

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FOTO: GRACIAS A philip rawstrON, yasIN aribuga, frank alarcON – UNSPLASH

Sentencia y posibilidades

El sociólogo Luciano Fabbri, uno de los expertos en masculinidades y temas de género que más me gustan, habla sobre este fenómeno de manera muy clara.

En una entrevista (vale la pena leerla), frente el escepticismo que genera el trabajo de las masculinidades en una parte del feminismo, Fabbri menciona que la sospecha feminista es una herramienta de interpelación crítica.

Sin embargo, cuestiona cuando eso se convierte en una sentencia a priori que fija a los hombres en ciertos lugares de la estructura social, quitándoles la posibilidad de pensarse como parte del cambio. Esto puede inhibir procesos de transformación.

“Ahí esa sospecha pierde su carácter más dinámico, más desestabilizante, para transformarse en algo fijo. Si sos hombre, no podés cambiar. Si somos hombres, no podemos realizar esos procesos de transformación. Y si lo hacemos, seguro que es con una intencionalidad macabra. Sobre todo me preocupa por los efectos que puede tener en algunos varones jóvenes”.

Fabbri señala que la idea del “aliado” es muy caricaturizada. Tanto, que en un taller con estudiantes secundarios, un joven mencionó las presiones de ser visto como aliado, tanto de sus amigos varones (te convertís en traidor) como para sus amigas mujeres (puede ser visto como una estrategia de seducción).

Al ser más conveniente no decir nada y pasar desapercibido, este estigma puede disuadir a los hombres de romper con la complicidad machista. “Quedar como un aliado es algo mucho más perjudicial que quedarse en el molde”, dice Fabbri.

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Reconociendo el machismo

Estoy convencido de que todos tenemos el machismo interiorizado, incluso cuando la apariencia pueda jugarnos a favor, ya sea por involucramos más en las tareas del hogar o por sensibilizarnos con las luchas feministas. ¿Por qué hay tanta resistencia a reconocer nuestras prácticas machistas?

Fabbri explica que esto se debe a que “construimos una idea del machista como identidad y no como práctica”. Cuando un hombre se identifica como machista, se siente impugnado en la totalidad de su ser, lo que genera rechazo. Este rechazo puede llevar a los hombres a ubicar el machismo afuera, en sus expresiones más crueles y explícitas (el femicida, el violador, el abusador sexual), en lugar de reconocer sus propias prácticas machistas.

“Rápidamente me ubico en la vereda de los buenos y el machismo es del otro. Esta es una de las reacciones de los varones a la interpelación feminista contemporánea, la defensiva-elusiva, que acepta en abstracto la existencia del machismo del patriarcado, pero elude asumirse como parte del problema. Y esa maniobra elusiva, en general, consiste en reconocer el machismo y sus expresiones más crueles para no verse en el espejo de ese machismo”, explica.

Encrucijada

¿Cómo salimos de esta encrucijada? Probablemente algo falla en cómo se está enseñando o comunicando el feminismo. Pero los hombres no deberíamos centrarnos en lo que puede ser un ataque ni tomar eso para ofendernos, sino tener paciencia y, sobre todo, comprender las críticas y luchas feministas para involucrarnos activamente en los reclamos que vemos justos.

Una crítica, por más injusta o equivocada que sea, no debería retirarnos de una causa que consideramos válida. Hay que fomentar el diálogo, no los enfrentamientos. Proponer espacios de conversación seguros donde los hombres podamos expresar dudas, ser vulnerables y reflexionar sin temor a ser juzgados, con la meta de trabajar hacia la igualdad.

El feminismo no es un enemigo; busca la equidad de género y la liberación de todos los géneros de los roles oprimidos, no la dominación de un género sobre otro. Hay que alentar a los varones —a nuestros amigos, a los que tenemos cerca— a una mayor participación en la lucha por la equidad de género.

El objetivo es una transformación profunda y de largo plazo que beneficie a toda la sociedad. Tal vez, uno de los pasos más importantes que podemos hacer los varones sea reconocer nuestra responsabilidad colectiva en el machismo.

Todos los artículos de Nacho los encuentras en el blog Recalculando: https://ignaciopereyra.substack.com/p/banca-no-lo-hagas

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