Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

El precio de una vida online

¿Cuál es el precio que nos cobra el virtual?

por Alberto Simoncini

Vivimos conectados.

Conectados al trabajo, a los mensajes, a las noticias, a las vidas de otros.

Conectados a una corriente inagotable de estímulos que no para nunca.

Sin embargo, cada vez más desconectados de algo más silencioso y esencial: la experiencia real de estar con alguien.

La vida online tiene muchas virtudes. Nos acerca, nos facilita, nos amplía el mundo. Sería ingenuo negarlo. Pero toda conquista tiene un precio. Y el precio de esta conquista no siempre se paga con dinero. A veces se paga con atención. O con presencia. O con una forma de soledad nueva, difícil de nombrar.

Porque pasamos tantas horas delante de una pantalla que empezamos a vivir la realidad como si fuera un fondo de pantalla. El café ya no es un encuentro, es una foto. El viaje ya no es un viaje, es un reportaje. El pensamiento ya no madura, se publica de impulso. La emoción ya no se digiere, se comparte y se diluye entre likes y comentarios de personas de las cuales conocemos solamente la foto de perfil.

Y poco a poco algo se confunde: dejamos de vivir para contar y empezamos a contar para sentir que vivimos. Conozco a personas que eligen las vacaciones o los restaurantes en función de lo que quieren publicar.

La vida online tiene un ritmo propio. Es rápida. Inmediata. Respuesta-dependiente. Nos acostumbra a micro-recompensas constantes: un mensaje, un “me gusta”, una notificación. Pequeñas chispas de validación que entrenan al cerebro a pedir más. No profundidad. Ritmo. Y dependencia.

En ese entrenamiento se va erosionando algo muy humano: la capacidad de sostener el vacío. El silencio. La espera. La conversación sin final claro. La escucha sin interrupciones.

Escuchar, mirar, estar de verdad son acciones que requieren paciencia, esfuerzo, generosidad.

Quizá por eso la vida online resulta tan seductora: porque allí podemos estar con un mínimo esfuerzo. Y con el mínimo esfuerzo nos vamos, desaparecemos. El ghosting ya es una práctica común en todos los ámbitos.

Pero las relaciones reales no funcionan así. En ellas no hay botón de “deshacer”. Hay malentendidos, tiempos de espera, conversaciones pendientes, abrazos reales. 

Y es justo en ese territorio imperfecto donde se construye la intimidad.

Porque cuando pasamos demasiado tiempo online, no solo cambiamos de hábitos. Cambiamos de músculo emocional. Nos volvemos más expertos en emitir que en recibir. Más hábiles en opinar que en acompañar. Más rápidos para reaccionar que para comprender.

alberto simoncini hombres una vida online menoutofthebox 2
FOTO: Dev Asangbam, ViNO LI – UNSPLASH

La vida online no nos roba la capacidad de relacionarnos. La va sustituyendo por simulacros. Conversaciones sin cuerpo. Presencias sin piel. Conflictos sin reparación. Vínculos sin historia compartida.

Y lo preocupante no es el tiempo de pantalla.

Lo preocupante es el tipo de relación que ese tiempo entrena.

Porque cada entorno educa una forma de estar en el mundo.

Un entorno que premia la visibilidad educa la necesidad de ser visto.

Un entorno que acelera educa la impaciencia.

Y la dispersión tiene un coste: nos impide quedarnos. Con una persona. Una emoción. Una pregunta. Un dolor. Y sin dolor, lo siento, pero no hay camino hacia adentro.

Quizá el precio más alto de una vida online no sea la distracción, sino el desaprendizaje de lo profundo.

Dejar de saber cómo se acompaña a alguien sin decir nada.

Cómo se sostiene una conversación que no entretiene.

Cómo se está con uno mismo sin anestesia. (Eso es exactamente lo que vivimos durante una Box Talk, en la cual escuchamos en silencio y sin juicio lo que otros comparten, sin necesidad de hablar en seguida, de cerrar, de llenar los silencios que naturalmente se van creando).

La paradoja es que nunca habíamos tenido tantas formas de comunicarnos y, al mismo tiempo, nunca había sido tan necesario reaprender a encontrarnos.

Encontrarnos sin filtros, sin likes. Vivir lo íntimo sin hacerlo público. Sin publicar.

Y es que además, no hay nada realmente interesante en lo que publicamos y en lo que leemos. Es el mismo nada disfrazado de maneras diferentes. El mismo nada.

Una experiencia no significa nada de por sí: lo que importa realmente es algo que no se puede publicar, porque nace de la interacción con otras personas y con la realidad y se desarrolla a lo largo del tiempo, no en un segundo. Que la escucha no es esperar turno para hablar, sino entrar en la vida del otro. 

Tal vez no se trate de huir de lo online, sino de devolverle su lugar: herramienta, no realidad.

Y preguntarnos, con honestidad:

¿qué estoy perdiendo de mi vida real, cada vez que estoy mirando una pantalla?

El mayor “like” de nuestra vida se dio cuando un óvulo y un espermatozoide hicieron “match”.

Te abrazo,

Alberto

What's your reaction?
1Smile0Angry0LOL0Sad8Love

Add Comment