Necesita hombres adultos, compasivos, generosos, sensibles.
por Alberto Simoncini
El mundo ya sabe fabricar hombres “exitosos”. Es un molde conocido que sigue vigente y que encontramos de sobras en las redes sociales: hombres fuertes con objetivos claros, hombres que enseñan una imagen de éxito en el trabajo, con las mujeres, en la vida en general.
Hombres capaces de sostener una agenda imposible, de ganar dinero y admiración.
Hombres imparables. Determinados a ir a por todas.
Pero hay una pregunta que casi nunca hacemos en voz alta: ¿qué dejan a su paso?
¿Cuál es el precio de ir a por todas? Una voluntad de hierro… ¿qué hace con las vidas de los demás?
Porque esa actitud inquebrantable, sin humanidad, se parece demasiado a una máscara brillante. Y una máscara brillante puede encubrir cosas muy poco nobles: miedo, prisa, hambre de aprobación, necesidad de dominar, incapacidad de pedir perdón y de perdonar.
En estos tiempos, también en política, estamos viendo a muchos hombres vestir esa máscara. Hombres que se pavonean mostrando su éxito, su dureza, su poder.
El mundo no necesita hombres así. Esos hombres generan caos, desorden, sufrimiento. Porque ese es el precio de sus victorias. El precio que pagamos todos para que ellos puedan sostener una imagen de superhombre. Para que ellos sigan evitando crecer.
Sin embargo, el mundo hoy necesita hombres adultos.
Un hombre adulto no es un hombre perfecto. Es un hombre responsable. Responsable de su impacto. De sus palabras. De su deseo. De su forma de tocar la vida de los demás. Adulto es quien deja de vivir como si todo fuera una batalla y empieza a vivir como si las relaciones importaran más que el resultado.
La compasión no es blandura. Es fuerza. Es mirar al otro sin convertirlo en enemigo, sin reducirlo a un estorbo, sin humillarlo para sentirse grande. Compasión es tener poder —o tener razón— y aun así elegir no aplastar. Es saber que la gente arrastra historias que no vemos. Todos arrastramos historias invisibles. Tú también. Y yo.
La generosidad no es dar lo que sobra. Es dar presencia. Dar tiempo real. Dar escucha sin estar calculando el beneficio. Ser generoso es también no usar a las personas como estaciones de servicio emocionales: llegar, cargar e irte. Es aprender a ofrecer sin querer nada a cambio.
Y la sensibilidad… la sensibilidad es el gran tema prohibido. Porque muchos hombres han aprendido que sentir es peligroso. Que mostrar miedo es perder estatus. Que llorar es debilidad. Que admitir que no pueden es perder valor.
Así se construye un tipo de éxito que por dentro es un desierto: mucho logro y poca verdad. Mucha productividad y poca humanidad.
Un hombre sensible no es un hombre frágil. Es un hombre vivo. Capaz de percibir. Capaz de darse cuenta de que está agotado antes de explotar. Capaz de detectar las injusticias. Capaz de actuar frente a ellas. Capaz de escuchar un “no” sin convertirlo en guerra.
El mundo no necesita más hombres que se definan por lo que consiguen. Necesita hombres que se definan por cómo aman. Por cómo reparan. Por cómo sostienen. Por cómo atraviesan una pérdida sin volverse cínicos. Por cómo llevan el éxito sin volverse soberbios. Por cómo llevan el fracaso sin volverse violentos.
Y sí: esto exige esfuerzo. No el esfuerzo del gimnasio ni el esfuerzo del currículum. El esfuerzo más incómodo: mirar hacia dentro. Reconocer heridas sin convertirlas en excusa. Aprender a pedir ayuda. Aprender a hablar con honestidad sin agredir. Aprender a decir “me equivoqué”. Aprender a cuidar.
La adultez masculina es un acto de servicio. Para la pareja, para los hijos, para los amigos, para el trabajo, para el mundo. Un hombre adulto pacifica lo que toca. Un hombre inmaduro —aunque triunfe— suele dejar ruinas, miedo, dolor.
El mundo ya va sobrado de hombres dañinos que compiten por ser “los mejores”. Lo urgente es otra cosa: hombres que sepan amar. Que sepan acompañar. Que sepan mirar a los ojos. Que sepan sostener una conversación difícil sin escapar, sin atacar, sin manipular.
Y cuando eso ocurre, el éxito deja de ser el centro. Pasa a ser un detalle. Una consecuencia. Algo que puede estar o no estar. Pero no es el foco. No importa. No importa ni a quien lo tiene.
Lo que manda es la humanidad.
Y eso sí cambia la vida de los demás.
Y la mía. Y la tuya.
Te abrazo,
Alberto
