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Dejar de demostrar para empezar a vivir

Una reflexión sobre la masculinidad y el sentido de la vida

por Alberto Simoncini

El cansancio de tener que demostrar constantemente.

Muchos hombres vivimos durante años con la sensación de que tenemos que demostrar algo. Que tenemos que estar a la altura. Que no podemos aflojar. Que no es momento de parar.

Demostrar que valemos.

Demostrar que somos fuertes.

Demostrar que podemos con todo.

El problema no es el esfuerzo en sí. El problema es sostenerlo durante demasiado tiempo. Un esfuerzo continuo, sin espacios de descanso real, acaba pasando factura. No lo hace de golpe. Lo hace despacio. Primero aparece el cansancio. Luego la irritabilidad. Después la desconexión. Y un día te das cuenta de que ya no sabes para qué estás haciendo todo lo que haces.

Muchos hombres no están agotados por su trabajo o por sus responsabilidades, sino por vivir en tensión constante, en modo rendimiento, con la sensación de que no pueden fallar. No se permiten bajar la guardia porque creen que, si lo hacen, todo se vendrá abajo: la familia, el trabajo, la imagen, el rol que ocupan.

Este tipo de cansancio no se soluciona con vacaciones. Porque no es físico. Es existencial.

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FOTOS: vitaly gariev, leON lONsetteig – UNSPLASH

La máscara masculina que no elegimos

Tiene que ver con llevar demasiado tiempo sosteniendo una forma de ser que no permite mostrar fragilidad, duda o cansancio. Tiene que ver con mantener una máscara que, en muchos casos, ni siquiera es propia.

Esa máscara no la elegimos. La heredamos.

La heredamos de la familia, de la educación, de los modelos masculinos que vimos crecer. La heredamos de una sociedad que durante mucho tiempo ha dicho a los hombres cómo tenían que comportarse: no llores, no te quejes, no muestres miedo, no dependas de nadie.

Muchos hombres descubren tarde que han vivido intentando cumplir expectativas que no eran suyas. Que han organizado su vida para encajar en un molde que nunca revisaron. Y cuando lo revisan, aparece una pregunta incómoda pero necesaria:

¿Esto es realmente lo que quiero o solo lo que aprendí que tenía que hacer?

Sostener una máscara que no es tuya desgasta. Obliga a estar en vigilancia constante. A corregirte. A esconder partes de ti. Y llega un momento en el que el cuerpo y la vida dicen basta.

A veces en forma de crisis personal.

A veces en conflictos de pareja.

A veces como ansiedad, vacío o pérdida de sentido.

No porque haya algo roto en el hombre, sino porque ese modo de vivir ya no funciona.

Masculinidad y sentido de vida: no hay uno solo

Aquí aparece otra idea importante: creer que hay un único sentido para vivir. Un propósito fijo que debería servir para siempre. Esto también es una trampa.

La vida no funciona así.

El sentido cambia. Evoluciona. Se transforma con la edad, con las pérdidas, con las circunstancias. Lo que daba sentido a los 25 puede dejar de hacerlo a los 45. Y eso no es un fracaso.

Muchos hombres siguen intentando sostener sentidos antiguos: el éxito profesional, el reconocimiento, el rol de proveedor. Cuando eso ya no llena, creen que el problema son ellos.

No. El problema es no permitirse buscar nuevos sentidos.

Vivir bien no consiste en encontrar “el sentido de la vida”, sino en poder preguntarse con honestidad:

¿Qué tiene sentido ahora para mí?

A veces será cuidar.

A veces será parar.

A veces será revisar vínculos.

A veces será aceptar límites.

A veces será empezar de nuevo.

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FOTOS: vitaly gariev, leON lONsetteig – UNSPLASH

Validar las dudas para salir de la zona de confort

Para que esto sea posible hay algo fundamental: validar las dudas.

Las dudas no son debilidad. Son una señal de honestidad. Indican que algo ya no encaja y pide revisión. Pero muchos hombres se asustan de sus dudas y reaccionan endureciéndose, exigiéndose más o acelerando.

Una propuesta concreta es crear espacios seguros, como nuestros Box Talk, donde los hombres puedan expresar sus dudas sin tener que demostrar nada. Espacios donde no se pidan soluciones rápidas ni respuestas correctas. Solo poder decir: “No lo tengo claro”.

Salir de la zona de confort no siempre significa hacer grandes cambios externos. A veces empieza por algo más básico: permitirte no saber. Compartirlo. Escuchar que no eres el único. Descubrir que la confusión puede ser un punto de partida.

Cuando las dudas se validan, pierden fuerza. Cuando se comparten, dejan de aislar. Y cuando se sostienen, abren la puerta a un sentido de vida más ajustado a quien eres hoy.

Empezar a vivir de una forma más habitable

Dejar de demostrar no es rendirse. Es dejar de vivir para cumplir expectativas ajenas. Es dejar de gastar energía en sostener una imagen.

Muchos hombres descubren que, cuando bajan la guardia, no se hunden. Que el mundo no se cae. Y que pueden respirar sin estar en tensión constante.

Vivir no debería ser una prueba permanente.

No debería doler tanto.

Dejar de demostrar es un acto de honestidad. Y también de valentía. Porque implica aceptar que no todo está claro y que está bien cambiar.

No para vivir mejor que nadie.

Sino para vivir de una forma más verdadera.

Alberto Simoncini

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